Los hijos de Eróstrato

Juan Antonio  Rosado  2019-03-04

Eróstrato fue un bandido que le prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso sólo para pasar a la posteridad. No hay mucha diferencia con quienes desean a toda costa dejar huella, aunque sea una huella negativa, a través de la destrucción de otros o de sí mismos. No sabemos, sin embargo, los nombres de quienes destruyeron gran parte de las bibliotecas y obras desde el inicio de la Edad Media; no conocemos el nombre de los que aniquilaron la obra completa de Hipatia, casi toda la obra de Safo y gran parte de la obra de Porfirio, si bien sabemos que fue la cristiandad, por su proverbial odio contra esos y otros muchos intelectuales. Es verdad que rescataron lo que les convino. Fray Diego de Landa destruyó en Yucatán miles de códices mayas, que sustituyó con un pálido libro. Neutralizar el saber, el conocimiento, seleccionar y tergiversar la información, dejar huecos, crear historias es otra forma de destruir: una forma más moderna. Es el nuevo fundamentalismo cultural en que está envuelta gran parte de nuestras sociedades.

Quema de libros

La destrucción casi siempre es aliada del fanatismo, sin importar que éste sea creyente (Diego de Landa, los primeros cristianos o los cristeros mexicanos) o antirreligioso (Tomás Garrido Canabal, el célebre gobernador de Tabasco), pero suele ser mucho más virulento cuando se halla ligado a la religiosidad que cree en una sola verdad. Por ello, el primer precepto del jainismo —religión atea surgida en India durante el siglo VI a. de n.e.— es que la verdad no existe, que el universo es increado y que siempre ha estado y estará allí, de modo que los jainas respetan todas la creencias y a todas las formas de vida.

Afirma Jean-Claude Carriere que

«el fundamentalismo, el integrismo, el fanatismo religioso serían graves, muy graves, si Dios existiera, si Dios, de repente, desciñera la espada y bajara a defender a sus devotos posesos».

Nada peor si esto ocurriera: el mismo Dios les ayudaría a sus fanáticos a destruir libros y bibliotecas. La gravedad es que casi imperceptiblemente en nuestro país se ha privilegiado la visión mágica que justo Gabino Barreda deseaba erradicar de la educación, a fin de acercar más al pueblo a la razón. Umberto Eco ha detectado este vuelco en otros niveles:

«Una vez más —dice— buscamos en las mitologías el refugio de las amenazas de la tecnología».

El mismo Eco refuta a Marx cuando éste afirma que la religión es el opio del pueblo. No es el opio; es la cocaína:

«La religión es la cocaína del pueblo. La religión excita al pueblo».

No hay como el respeto a toda creencia o no creencia para tender a una sociedad armónica.

Censura ideológica

Rollo May se refiere a la necesidad del mito y de cómo el pueblo romano sintió angustia al perder la fe en las fuerzas naturales que representaban los dioses. Tal vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Occidente experimenta algo similar: una crisis del intelecto, de la razón que ya no nos lleva a ordenar, a seleccionar, a interpretar de forma adecuada, sino que nos lanza al vacío del lenguaje, que es una de las formas del silencio. Antes, quizá desde el siglo XVIII, lo habían advertido poetas, pensadores, filósofos, pero el movimiento social, el afán colectivo se manifiesta en toda su complejidad tras la Segunda Guerra Mundial. La creencia y el consecuente fanatismo hacia el neorromanticismo, por un lado, y hacia el neoliberalismo, por otro, han sido más destructivos que benéficos. Al igual que Eróstrato, sólo les interesa privilegiar el individualismo y los intereses particulares o corporativos. Lo demás puede dejar de existir.

Juan Antonio Rosado es narrador, ensayista, poeta, crítico literario e investigador independiente. Doctor en Letras por la UNAM. Entre otras obras, es autor de la novela El Cerco (tres ediciones); del libro de cuentos El miedo lejano y otras fobias (cuentos reunidos, 1980-2015); del poemario Entre ruinas, poenumbras , así como de los libros de ensayos Avatares literarios en México, Palabra y poder, Juego y Revolución (dos ediciones), Erotismo y misticismo , El engaño colorido (dos ediciones), Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria , El presidente y el caudillo , y En busca de lo absoluto . Publicó el manual Cómo argumentar; antología y práctica (cuatro ediciones). Colaboró en la realización del Diccionario de literatura mexicana del siglo XX (dos ediciones) y en tres proyectos sobre Alfonso Reyes: Cartas mexicanas , Diario II y Visión de México . Para la UNED, de Madrid, realizó una edición crítica y anotada de dos novelas de Ignacio Manuel Altamirano: Clemencia y El Zarco , con un extenso estudio introductorio. Desde 1993 a la fecha, ha publicado más de 700 textos en diversos medios impresos y digitales. En varias ocasiones fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y de Conacyt. Entre otros reconocimientos, obtuvo el premio de ensayo Juan García Ponce.